domingo, 12 de febrero de 2017

TAUROMAQUIA


1- De los orígenes

Se ha dado en decir que son las corridas de toros en España el espectáculo más nacional, pues aquí nacieron y aquí se desarrollaron, y así la lidia de toros bravos se remonta a tiempos muy remotos, habiéndose entendido por muchos que es consustancial al espíritu de los españoles, ya que se inserta en una tradición milenaria que lo ha marcado para siempre y que tiene el valor de lo auténtico.

Como todo lo terrible, siempre ha permanecido junto al hombre, que ha deseado afrontar esta fiesta trágica y sangrienta, tan próxima a su sentir primario, con todas sus consecuencias, lo que le permite sumirse en ese mundo de los hombres primitivos que le precedieron, convirtiéndolo en un espectáculo actual, mezcla de arte, refinamiento y dolor que apasiona, lo que es inevitable en una fiesta que tiene una tradición tan milenaria y primitiva.

Debemos por un momento volver sobre la historia, aunque nos limitaremos a tratar tan solo de aquellos sucesos que pueden ayudarnos a entender porque las corridas de toros son lo que son entre los españoles y porque se sienten tan cercanos a ellas.

En la “Crónica General” de 1256 el Rey Alfonso X, conocido como “El Sabio”, nos habla de “correr los toros”, pero con un sentido muy diferente al de los “circa” romanos, ya que no se nos presenta como un deporte, sino como una lidia entre el toro de un lado y del otro el hombre.

La más antigua suerte de torear a caballo creo que fue el alanceamiento. Tal boga tuvo esta forma de lidiar los toros en el siglo XVI, que el propio Emperador Carlos V alancea un toro en Valladolid, en las fiestas por el nacimiento de su hijo, el futuro Felipe II.

Esta suerte necesitaba, como todas las de a caballo, algún diestro auxiliar de a pie, que solía ser algún paje del caballero, en quien poder confiar en caso de percance. A estos auxiliares de los caballeros, que tenían misiones de ayuda y de socorro y con motivo de una corrida de toros en Bayona (Sur de Francia), donde se encontraba secuestrado por Napoleón el Rey español y su familia, se refiere el Duque de Vanci señalando que “durante todo el espectáculo se paseaba, seriamente, un español embozado en su capa por medio de la plaza y cuando algún toro llegaba a sus alcances la desplegaba muy pausadamente, daba al animal con un extremo en el hocico y seguía su camino, al tiempo que con aspecto tranquilo y satisfecho volvía a colocársela sobre los hombros”.

Comienza poco a poco a ganar terreno con el tiempo, otra manera más movida y alegre de torear a caballo: el rejoneo. Determina esta evolución el cambio de estilo en la equitación, que desemboca en la adopción de la monta a la jineta, con estribos cortos y ayudas en las rodillas, que permitían revolver al caballo en muy poco espacio y acortar o acelerar sus viajes con rapidez. Esta forma de montar distaba mucho de la severa tradición castellana y había de hacer posible los suntuosos festejos taurinos, que llenan la historia de las fiestas del siglo XVII, probablemente muy influida esa monta por los árabes, nuestros huéspedes por varios siglos, y que se contagiaron del amor de los españoles a la fiesta de los toros.

Es curioso destacar que el tema taurino preocupa incluso a la Iglesia de Roma que no puede sustraerse a ello y así en un “motu propio” del Papa Pío V, se llega a prohibir bajo la pena de excomunión la fiesta de los toros, si bien dicho empeño cayó en “saco roto”, llegando el Papado a corregir esa posición hostil a la fiesta de los toros, tal vez preocupado de perder el apoyo de una nación oficialmente tan católica como la española, que aparecía ante las demás naciones como un pueblo de “excomulgados”, convirtiéndose en piedra de escándalo. Los castellanos, pese a ese “acendrado” catolicismo y durante el tiempo de prohibiciones pontificias las burlaron mediante hábiles subterfugios.

La casa de Borbón, derrotados los Austrias, se enfrenta con importantes variaciones en la evolución de la fiesta, lo que unido a la falta de afición a los toros de Felipe V, hace que la nobleza, siguiendo el sentir real, empiece a mostrar su desvío a los toros, lo que coincide con un nuevo cambio en la moda de montar que, aunque italiana, se asemeja a la antigua manera castellana de la brida, es decir, con estribos largos y mando exclusivo en la boca.

Con tal sistema no era posible el rejoneo; pero al haber desaparecido las lanzas de los caballeros, toma su lugar un simulacro de ella: la suerte desde el caballo de detener y picar con vara y así las varas suceden a las lanzas. Son los primitivos varilargueros, hombres a caballo y con varas largas. Se traslada a la arena de las plazas lo que en el campo ejecutaban los mayorales y garrochistas de las ganaderías, primero con las varas cortas y mas adelante con las varas largas de detener.
Este suceso es definitivo para la orientación de la fiesta, ya que trae como consecuencia, de una parte que los varilargueros arrojen de la fiesta de los toros a los caballeros y a sus lanzas, si bien procuren imitar en sus actuaciones la caballeresca lanzada. Son ahora estos hombres rudos y de campo, poco familiarizados con usos caballerescos, los que toman las riendas de la fiesta.

De otra parte los antiguos pajes, que servían de auxiliares de a pie, empiezan a cobrar importancia y sus funciones son cada vez más imprescindibles para la lidia, heredando de sus desaparecidos caballeros y señores la concepción de la lidia a caballo, descendiendo de éste el torero a la arena de la plazas, que con sus capas practican dando lugar al “toreo de capa”.

El empeño de a pie que practicaba el caballero, saltando a tierra, al no haber podido matar al toro desde el caballo, en un momento en que se consideraba desairado en su actuación a caballo, es imitado por los peones, que lo convierten, primero con la capa, y posteriormente con la invención afortunada de la muleta, en la suerte básica de la lidia. Son además los únicos que matan toros, imposibilitados los varilargueros de dar muerte al toro, desde sus caballos y con sus varas.

Cada día el torero de a pie va teniendo sobre el ruedo un papel más importante y lúcido. Se ha pasado de un día para otro, de ser un ejercicio arriesgado y gallardo, propio de los señores, a convertirse en una profesión, si bien continuándose el estilo. Los caballos ceden el paso a los toreros, y los nobles al plebeyismo; convirtiéndose la fiesta de los toros en un marcador de la situación social del momento, el índice más sensible de la evolución social que se va avecinando en lontananza, lo que trae como consecuencia el que los nobles huidos del mundo de las corridas de toros vuelvan, no mucho más tarde, a los cosos taurinos con percepciones más populares. Curioso camino de ida y vuelta.

La sucesión de las suertes van fijándose como cuna consecuencia obligada. Los peones-toreros de a pie-ascienden en categoría. El torear se convierte en verdadera estrategia y quedan fijados los diversos tercios de la lidia, y así es como va a ir formándose el espectáculo de los toros, tal y como hoy lo disfrutamos; que si bien con el tiempo ha perdido alguna parte de rudeza, aunque todavía cruel, es cada vez más artístico y hermoso.

En Méjico, Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú, fueron introducidas tras la conquista por españoles y la proximidad geográfica permitió que en el mediodía de Francia y Portugal haya cuajado también la fiesta de los toros
. El Cossío.

“Confieso que he bebido, he visto y he sentido la emoción”… Abro una botella de VINO ESPAÑOL y me sirvo una copa… www.antoniorodriguezmartin.es

TAUROMAQUIA

1- De los orígenes

Se ha dado en decir que son las corridas de toros en España el espectáculo más nacional, pues aquí nacieron y aquí se desarrollaron, y así la lidia de toros bravos se remonta a tiempos muy remotos, habiéndose entendido por muchos que es consustancial al espíritu de los españoles, ya que se inserta en una tradición milenaria que lo ha marcado para siempre y que tiene el valor de lo auténtico.

Como todo lo terrible, siempre ha permanecido junto al hombre, que ha deseado afrontar esta fiesta trágica y sangrienta, tan próxima a su sentir primario, con todas sus consecuencias, lo que le permite sumirse en ese mundo de los hombres primitivos que le precedieron, convirtiéndolo en un espectáculo actual, mezcla de arte, refinamiento y dolor que apasiona, lo que es inevitable en una fiesta que tiene una tradición tan milenaria y primitiva. 

Debemos por un momento volver sobre la historia, aunque nos limitaremos a tratar tan solo de aquellos sucesos que pueden ayudarnos a entender porque las corridas de toros son lo que son entre los españoles y porque se sienten tan cercanos a ellas.

En la “Crónica General” de 1256 el Rey Alfonso X, conocido como “El Sabio”, nos habla de “correr los toros”, pero con un sentido muy diferente al de los “circa” romanos, ya que no se nos presenta como un deporte, sino como una lidia entre el toro de un lado y del otro el hombre.

La más antigua suerte de torear a caballo creo que fue el alanceamiento. Tal boga tuvo esta forma de lidiar los toros en el siglo XVI, que el propio Emperador Carlos V alancea un toro en Valladolid, en las fiestas por el nacimiento de su hijo, el futuro Felipe II.

Esta suerte necesitaba, como todas las de a caballo, algún diestro auxiliar de a pie, que solía ser algún paje del caballero, en quien poder confiar en caso de percance. A estos auxiliares de los caballeros, que tenían misiones de ayuda y de socorro y con motivo de una corrida de toros en Bayona (Sur de Francia), donde se encontraba secuestrado por Napoleón el Rey español y su familia, se refiere el Duque de Vanci señalando que “durante todo el espectáculo se paseaba, seriamente, un español embozado en su capa por medio de la plaza y cuando algún toro llegaba a sus alcances la desplegaba muy pausadamente, daba al animal con un extremo en el hocico y seguía su camino, al tiempo que con aspecto tranquilo y satisfecho volvía a colocársela sobre los hombros”.

Comienza poco a poco a ganar terreno con el tiempo, otra manera más movida y alegre de torear a caballo: el rejoneo. Determina esta evolución el cambio de estilo en la equitación, que desemboca en la adopción de la monta a la jineta, con estribos cortos y ayudas en las rodillas, que permitían revolver al caballo en muy poco espacio y acortar o acelerar sus viajes con rapidez. Esta forma de montar distaba mucho de la severa tradición castellana y había de hacer posible los suntuosos festejos taurinos, que llenan la historia de las fiestas del siglo XVII, probablemente muy influida esa monta por los árabes, nuestros huéspedes por varios siglos, y que se contagiaron del amor de los españoles a la fiesta de los toros.

Es curioso destacar que el tema taurino preocupa incluso a la Iglesia de Roma que no puede sustraerse a ello y así en un “motu propio” del Papa Pío V, se llega a prohibir bajo la pena de excomunión la fiesta de los toros, si bien dicho empeño cayó en “saco roto”, llegando el Papado a corregir esa posición hostil a la fiesta de los toros, tal vez preocupado de perder el apoyo de una nación oficialmente tan católica como la española, que aparecía ante las demás naciones como un pueblo de “excomulgados”, convirtiéndose en piedra de escándalo. Los castellanos, pese a ese “acendrado” catolicismo y durante el tiempo de prohibiciones pontificias las burlaron mediante hábiles subterfugios.

La casa de Borbón, derrotados los Austrias, se enfrenta con importantes variaciones en la evolución de la fiesta, lo que unido a la falta de afición a los toros de Felipe V, hace que la nobleza, siguiendo el sentir real, empiece a mostrar su desvío a los toros, lo que coincide con un nuevo cambio en la moda de montar que, aunque italiana, se asemeja a la antigua manera castellana de la brida, es decir, con estribos largos y mando exclusivo en la boca.

Con tal sistema no era posible el rejoneo; pero al haber desaparecido las lanzas de los caballeros, toma su lugar un simulacro de ella: la suerte desde el caballo de detener y picar con vara y así las varas suceden a las lanzas. Son los primitivos varilargueros, hombres a caballo y con varas largas. Se traslada a la arena de las plazas lo que en el campo ejecutaban los mayorales y garrochistas de las ganaderías, primero con las varas cortas y mas adelante con las varas largas de detener.

Este suceso es definitivo para la orientación de la fiesta, ya que trae como consecuencia, de una parte que los varilargueros arrojen de la fiesta de los toros a los caballeros y a sus lanzas, si bien procuren imitar en sus actuaciones la caballeresca lanzada. Son ahora estos hombres rudos y de campo, poco familiarizados con usos caballerescos, los que toman las riendas de la fiesta.

De otra parte los antiguos pajes, que servían de auxiliares de a pie, empiezan a cobrar importancia y sus funciones son cada vez más imprescindibles para la lidia, heredando de sus desaparecidos caballeros y señores la concepción de la lidia a caballo, descendiendo de éste el torero a la arena de la plazas, que con sus capas practican dando lugar al “toreo de capa”.

El empeño de a pie que practicaba el caballero, saltando a tierra, al no haber podido matar al toro desde el caballo, en un momento en que se consideraba desairado en su actuación a caballo, es imitado por los peones, que lo convierten, primero con la capa, y posteriormente con la invención afortunada de la muleta, en la suerte básica de la lidia. Son además los únicos que matan toros, imposibilitados los varilargueros de dar muerte al toro, desde sus caballos y con sus varas.

Cada día el torero de a pie va teniendo sobre el ruedo un papel más importante y lúcido. Se ha pasado de un día para otro, de ser un ejercicio arriesgado y gallardo, propio de los señores, a convertirse en una profesión, si bien continuándose el estilo. Los caballos ceden el paso a los toreros, y los nobles al plebeyismo; convirtiéndose la fiesta de los toros en un marcador de la situación social del momento, el índice más sensible de la evolución social que se va avecinando en lontananza, lo que trae como consecuencia el que los nobles huidos del mundo de las corridas de toros vuelvan, no mucho más tarde, a los cosos taurinos con percepciones más populares. Curioso camino de ida y vuelta.

La sucesión de las suertes van fijándose como cuna consecuencia obligada. Los peones-toreros de a pie-ascienden en categoría. El torear se convierte en verdadera estrategia y quedan fijados los diversos tercios de la lidia, y así es como va a ir formándose el espectáculo de los toros, tal y como hoy lo disfrutamos; que si bien con el tiempo ha perdido alguna parte de rudeza, aunque todavía cruel, es cada vez más artístico y hermoso.

En Méjico, Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú, fueron introducidas tras la conquista por españoles y la proximidad geográfica permitió que en el mediodía de Francia y Portugal haya cuajado también la fiesta de los toros.
El Cossío.

“Confieso que he bebido, he visto y he sentido la emoción”… Abro una botella de VINO ESPAÑOL y me sirvo una copa… www.antoniorodriguezmartin.es



viernes, 24 de enero de 2014